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Según
cuenta un viejo relato japonés, en cierta ocasión, un belicoso Samurai desafió
a un anciano maestro zen a que le explicara los conceptos de cielo e infierno.
Pero el monje replicó con desprecio:
—¡No
eres más que un patán y no puedo malgastar mi tiempo con tus tonterías!
El
Samurai, herido en su honor, montó en cólera y desenvainando la espada,
exclamó:
—Tu
impertinencia te costará la vida.
—¡Eso
—replicó entonces el maestro— es el infierno!
Conmovido
por la exactitud de las palabras del maestro sobre la cólera que le estaba
atenazando, el Samurai se calmó, envainó la espada y se postró ante él,
agradecido.
—¡Y
eso —concluyó entonces el maestro—, eso es el cielo!
La
súbita caída en cuenta del Samurai de su propio desasosiego ilustra a la
perfección la diferencia crucial existente entre permanecer atrapado por un
sentimiento y darse cuenta de que uno está siendo arrastrado por él. La
enseñanza de Sócrates «conócete a ti mismo» —darse cuenta de los propios
sentimientos en el mismo momento en que éstos tienen lugar— constituye la
piedra angular de la inteligencia emocional.
A
primera vista tal vez pensemos que nuestros sentimientos son evidentes, pero
una reflexión más cuidadosa nos recordará las muchas ocasiones en las que
realmente no hemos reparado —o hemos reparado demasiado tarde— en lo que
sentíamos con respecto a algo.
Conciencia
de uno mismo, es la atención continua a los propios estados internos. Esa
conciencia autorreflexiva en la que la mente se ocupa de observar e investigar
la experiencia misma, incluidas las emociones: Esta cualidad en la que la
atención admite de manera imparcial y no reactiva todo cuanto discurre por la
conciencia, como si se tratara de un testigo.
Existen
varios estilos diferentes de personas en cuanto a la forma de atender o tratar
con sus emociones:
•La
persona consciente de sí misma. Como es comprensible, la
persona que es consciente de sus estados de ánimo mientras los está
experimentando goza de una vida emocional más desarrollada. Son personas cuya
claridad emocional impregna todas las facetas de su personalidad; personas
autónomas y seguras de sus propias fronteras; personas psicológicamente sanas
que tienden a tener una visión positiva de la vida; personas que, cuando caen
en un estado de ánimo negativo, no le dan vueltas obsesivamente y, en
consecuencia, no tardan en salir de él. Su atención, en suma, les ayuda a
controlar sus emociones.
•Las
personas atrapadas en sus emociones. Son personas que suelen
sentirse desbordadas por sus emociones y que son incapaces de escapar de ellas,
como si fueran esclavos de sus estados de ánimo. Son personas muy volubles y no
muy conscientes de sus sentimientos, y esa misma falta de perspectiva les hace
sentirse abrumados y perdidos en las emociones y, en consecuencia, sienten que
no pueden controlar su vida emocional y no tratan de escapar de los estados de
ánimo negativos.
•Las
personas que aceptan resignadamente sus emociones. Son
personas que, si bien suelen percibir con claridad lo que están sintiendo,
también tienden a aceptar pasivamente sus estados de ánimo y, por ello mismo,
no suelen tratar de cambiarlos. Parece haber dos tipos de aceptadores, los que
suelen estar de buen humor y se hallan poco motivados para cambiar su estado de
ánimo y los que, a pesar de su claridad, son proclives a los estados de ánimo
negativos y los aceptan con una actitud de laissez-faire(dejen hacer, dejen
pasar) que les lleva a no tratar de cambiarlos a pesar de la molestia que
suponen (una pauta que suele encontrarse entre aquellas personas deprimidas que
están resignadas con la situación en que se encuentran).


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